Era preciosa, más bonita que París, tenía las curvas más alucinantes del mundo; pero su curva más perfecta era sin duda su sonrisa. Sus ojos eran color café, de ese que provoca insomnios y su espalda era uno de esos lugares fascinantes a los que no te importa regresar cada noche y no te cansas de recorrer hasta la madrugada. Sus lunares formaban mi constelación favorita y su cintura tenía las mejores vistas de Dubai. Pero estaba rota joder las ruinas de Roma le tenían envidia y su cabeza, su preciosa cabeza era Nueva York en hora punta, la humedad en sus pestañas era Londres tras la lluvia. ¿Y Venecia? Venecia eran sus ojos cada noche que tu no estabas a su lado o cada vez que jugabas con ella se hundían barcos por sus mejillas y Venecia se ahogaba en ella. Pero ella, ella era diferente, de esas que te calan hasta el alma y te hacen dar la vuelta al mundo en ochenta besos sin rozar el suelo, sin pararte a mirar para abajo y pensar que algún día caerás y entonces chocarás contra la dura realidad, esa en la que a ella ya la valoran como se merece y tu, tu entonces te darás cuenta que ahora de nada te sirve recoger todos y cada uno de los pedacitos en lo que te rompiste en el impacto y quererla con cada uno de ellos, que ya es en vano, pues ahora ella, esa que tantas noches en vela pasó pensando en ti se ha dado cuenta que merece algo más, merece ser feliz y tu ya no estas entre sus prioridades sino que pasaste a ser uno de esos sueños que se entierran con lágrimas en los ojos y el corazón roto. ¿Te acuerdas? Es el corazón que tu rompiste, que ya es demasiado tarde para recorrer el mundo sobre su cuerpo.
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